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El artista frente al algoritmo

La inteligencia artificial ha introducido una nueva presencia en el proceso creativo. La cuestión ya no es solamente qué puede hacer una máquina, sino qué sucede con la mirada, la decisión y la autoría cuando el artista trabaja junto a sistemas capaces de generar imágenes, textos, sonidos y formas.

Durante siglos, los artistas han incorporado nuevas herramientas sin dejar de discutir qué hacían esas herramientas con su trabajo. La fotografía puso en cuestión la representación pictórica, el cine transformó nuestra relación con la imagen y las tecnologías digitales cambiaron profundamente la manera de producir, modificar y distribuir una obra.

La inteligencia artificial añade ahora una diferencia difícil de ignorar. La herramienta ya no se limita a ejecutar una acción. Puede devolver propuestas, introducir variaciones inesperadas y producir en segundos una cantidad de resultados que una persona difícilmente podría desarrollar por otros medios.

Eso no convierte automáticamente al algoritmo en artista. Pero tampoco permite seguir hablando de la herramienta como si nada hubiera cambiado.

Una herramienta que también propone

Un pincel no sugiere qué pintar. Una cámara condiciona técnicamente la imagen, pero no decide dónde colocarla ni por qué merece la pena hacerla. Incluso los programas de edición digital, por sofisticados que sean, han funcionado tradicionalmente como instrumentos sometidos a una sucesión de decisiones humanas relativamente reconocibles.

Con los sistemas generativos aparece una relación diferente. El creador puede introducir una instrucción, una imagen, unas referencias o determinadas condiciones y recibir a cambio resultados que no había definido por completo. Algunos serán previsibles. Otros introducirán soluciones formales, asociaciones o accidentes que pueden modificar la dirección inicial del trabajo.

Ese intercambio convierte el proceso creativo en una especie de conversación desigual. El artista establece unas condiciones, el sistema responde y el artista vuelve a intervenir. Cambia palabras, rechaza resultados, modifica referencias, combina elementos o decide abandonar por completo el camino propuesto.

La novedad no está únicamente en la velocidad. Está también en esa capacidad de la herramienta para devolver algo que debe ser interpretado.

Un algoritmo puede producir cien imágenes en unos minutos. Lo verdaderamente incómodo empieza después: alguien tiene que decidir por qué una merece existir entre las otras noventa y nueve. Y esa decisión todavía dice mucho más sobre el artista que la velocidad con la que apareció la imagen.

La historia del arte está llena de accidentes aprovechados, materiales que se comportan de manera inesperada y procedimientos que introducen azar. La diferencia es que ahora ese margen de incertidumbre puede aparecer dentro de una tecnología diseñada precisamente para generar posibilidades.

Crear también significa elegir

La facilidad para producir imágenes ha colocado buena parte del debate alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: quién ha creado aquello que estamos viendo. Sin embargo, quizá convenga detenerse antes en otra cuestión: qué entendemos por crear.

La creación artística nunca ha consistido exclusivamente en fabricar algo desde cero. También implica observar, seleccionar, ordenar, eliminar, relacionar y decidir cuándo una obra está terminada. El collage convirtió materiales preexistentes en lenguaje artístico. La fotografía trabaja necesariamente con una realidad que ya existe. El arte conceptual llegó incluso a situar la idea por encima de la ejecución material.

La inteligencia artificial vuelve especialmente visible esa dimensión selectiva. Generar puede ser extraordinariamente fácil. Elegir con criterio no lo es tanto.

Ante una sucesión prácticamente ilimitada de resultados, el creador necesita reconocer qué busca, aunque no siempre pueda formularlo de antemano. Debe saber cuándo una imagen resulta simplemente atractiva y cuándo contiene algo que merece ser desarrollado. Tiene que distinguir entre sorpresa y ocurrencia, entre efecto y lenguaje.

La abundancia no elimina la necesidad de criterio. Puede hacerla todavía más importante.

También cambia nuestra relación con el error. Cuando obtener una nueva versión apenas cuesta unos segundos, existe la tentación de sustituir cualquier dificultad por otra generación. Pero buena parte de los procesos artísticos tradicionales se han construido precisamente alrededor de la resistencia del material, de las limitaciones técnicas y del tiempo necesario para resolver un problema.

Tal vez una de las preguntas interesantes para los artistas que trabajan con inteligencia artificial sea qué hacer con una herramienta que reduce algunas de esas resistencias y, al mismo tiempo, introduce otras completamente nuevas.


¿Dónde empieza y termina la autoría?

La autoría es probablemente el territorio donde la llegada de los sistemas generativos provoca más fricciones. No solo porque intervenga una tecnología capaz de producir resultados complejos, sino porque esos sistemas han sido desarrollados mediante enormes conjuntos de datos que incluyen obras, fotografías, ilustraciones, textos y otras creaciones realizadas previamente por personas.

Eso introduce cuestiones que no pueden resolverse únicamente preguntando quién escribió una instrucción. Importan también el origen de los materiales utilizados para entrenar los sistemas, las condiciones en las que fueron incorporados, el grado de intervención humana en el resultado final y la relación que una nueva obra pueda mantener con trabajos anteriores.

Al mismo tiempo, tampoco todos los procesos creativos que utilizan inteligencia artificial son iguales. Existe una diferencia considerable entre aceptar el primer resultado generado por una herramienta y desarrollar durante días o semanas un procedimiento basado en sucesivas decisiones, modificaciones, materiales propios e intervenciones posteriores.

Hablar de «arte hecho con IA» como si describiera una única práctica empieza a resultar insuficiente. Bajo esa expresión pueden convivir desde una generación casi automática hasta procesos complejos en los que la inteligencia artificial constituye solamente una etapa.

La discusión sobre la autoría probablemente tendrá que aprender a observar esos procesos y no solamente sus resultados.

Quizá el mayor riesgo de la inteligencia artificial para el arte no sea que las máquinas aprendan a crear, sino que los humanos nos acostumbremos a aceptar como creación cualquier cosa que una máquina sea capaz de producir. La facilidad técnica nunca ha sido una garantía de interés artístico.

También por eso la transparencia puede adquirir importancia. Saber cómo se ha realizado una obra no tiene por qué determinar su valor, pero puede ayudarnos a comprender qué decisiones pertenecen al creador, qué papel desempeña la tecnología y qué clase de relación se establece entre ambos.

La mirada sigue siendo el problema

La inteligencia artificial puede generar imágenes técnicamente sorprendentes, imitar lenguajes visuales, combinar referencias y producir variaciones casi indefinidamente. Esa capacidad seguirá creciendo. Probablemente muchas de las cosas que hoy nos parecen extraordinarias terminarán convirtiéndose en funciones habituales de cualquier herramienta creativa.

Pero producir imágenes y construir una mirada continúan siendo cosas distintas.

Una mirada no consiste únicamente en obtener determinado resultado visual. Se forma con experiencias, obsesiones, referencias, contradicciones y decisiones repetidas a lo largo del tiempo. También con aquello que un creador decide no hacer.

Por eso quizá la cuestión más interesante no sea averiguar si una inteligencia artificial puede convertirse en artista. Esa pregunta corre el riesgo de encerrarnos en una competición entre personas y máquinas que dice poco sobre lo que está ocurriendo realmente.

Resulta más fértil observar qué hacen los artistas cuando incorporan estas herramientas, qué nuevas posibilidades encuentran, qué límites deciden imponerse y qué clase de obras aparecen cuando el algoritmo deja de ser una curiosidad tecnológica y entra de verdad en el proceso creativo.

En un tiempo en el que generar será cada vez más sencillo, la diferencia puede desplazarse hacia otro lugar: saber qué merece ser generado, qué merece ser conservado y, sobre todo, qué merece nuestra atención.

El algoritmo puede ampliar extraordinariamente el territorio de lo posible. La mirada sigue teniendo que decidir hacia dónde caminar.