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El regreso de la ilustración editorial

Periódicos, revistas y publicaciones digitales vuelven a encontrar en la ilustración una forma de distinguirse dentro de un paisaje visual saturado. No se trata simplemente de decorar un texto: una buena imagen editorial puede interpretar una idea, introducir una mirada propia y contar aquello que una fotografía no siempre puede mostrar.

Durante años pareció que la fotografía tenía una ventaja difícil de discutir en los medios. Era inmediata, reconocible y capaz de acompañar prácticamente cualquier noticia. La expansión de internet reforzó todavía más esa presencia: producir, distribuir y consumir fotografías nunca había sido tan sencillo.

La ilustración nunca desapareció. Permaneció en periódicos, revistas, libros y suplementos, especialmente en aquellos espacios donde la personalidad gráfica seguía formando parte de la identidad de una publicación. Pero algo parece haber cambiado en nuestra manera de percibirla.

En medio de una circulación inagotable de fotografías, vídeos, capturas de pantalla e imágenes generadas automáticamente, una ilustración puede volver a producir algo que se ha vuelto escaso: detener la mirada.

No necesariamente porque sea más espectacular. A veces ocurre justo lo contrario. Nos detenemos porque alguien ha tenido que interpretar antes aquello que estamos viendo.

Cuando una fotografía no es suficiente

Hay asuntos fáciles de fotografiar. Un acontecimiento deportivo, una manifestación, un personaje público o un lugar concreto proporcionan imágenes capaces de documentar lo sucedido y situar inmediatamente al lector.

Otros temas ofrecen mucha más resistencia.

¿Cómo fotografiamos la inflación, el miedo al futuro, la inteligencia artificial, una crisis de confianza o la transformación de nuestras relaciones personales? Podemos recurrir a imágenes simbólicas, bancos fotográficos o escenas construidas, pero el resultado corre el riesgo de convertirse rápidamente en una colección de lugares comunes.

La ilustración dispone de otra libertad.

No necesita demostrar que algo estuvo físicamente delante de una cámara. Puede unir objetos que nunca compartirían espacio, alterar escalas, convertir una metáfora en imagen o reducir un problema complejo a unos pocos elementos visuales.

Eso la hace especialmente útil para artículos de opinión, análisis, ensayos y temas abstractos. La imagen deja de intentar mostrar literalmente aquello de lo que habla el texto y empieza a establecer una relación con él.

La ilustración editorial resulta especialmente poderosa cuando renuncia a explicar exactamente lo mismo que ya dice el titular. Si el texto y la imagen cuentan idéntica historia, uno de los dos sobra. Lo interesante empieza cuando la ilustración introduce una segunda lectura.

En ese territorio el ilustrador no actúa solamente como ejecutor. Lee, interpreta, selecciona y toma posición visual ante un asunto. Su trabajo se parece menos a traducir palabras en dibujos que a construir otra puerta de entrada al contenido.

Una imagen también puede tener opinión

Estamos acostumbrados a hablar de la voz de un articulista, del estilo de un fotógrafo o de la mirada de un cineasta. La ilustración editorial posee también esa capacidad de desarrollar una voz reconocible.

Hay ilustradores cuya obra puede identificarse antes incluso de leer su firma. No necesariamente porque repitan siempre los mismos recursos, sino porque existe una determinada manera de simplificar, exagerar, relacionar conceptos o utilizar el color.

Esa personalidad puede convertirse también en parte de la identidad de una publicación.

Durante buena parte de la historia de revistas y periódicos, ilustradores, dibujantes y caricaturistas contribuyeron a definir el aspecto y el tono de las cabeceras para las que trabajaban. No eran elementos añadidos después de cerrar el texto. Formaban parte de la manera en que la publicación miraba el mundo.

La ilustración puede ser elegante, irónica, incómoda, absurda o deliberadamente ambigua. Puede exagerar aquello que una fotografía mostraría con absoluta normalidad y hacer visible una contradicción mediante una asociación imposible.

También puede equivocarse.

Precisamente porque interpreta, no ocupa un territorio neutral. Las decisiones del ilustrador condicionan nuestra primera aproximación al asunto y pueden simplificarlo, dramatizarlo o dirigir nuestra lectura.

Eso no constituye necesariamente un defecto. Es parte de su naturaleza editorial.

Destacar cuando todas las imágenes empiezan a parecerse

La abundancia visual ha producido una paradoja. Nunca habíamos tenido acceso a tantas imágenes y, sin embargo, una enorme cantidad de ellas empieza a resultar intercambiable.

Fotografías de bancos de imágenes, composiciones pensadas para redes sociales, plantillas gráficas y, más recientemente, imágenes generadas mediante inteligencia artificial circulan con una velocidad extraordinaria. Técnicamente pueden ser impecables y, aun así, desaparecer de nuestra memoria pocos segundos después.

En ese contexto, la ilustración realizada desde una mirada reconocible puede funcionar como elemento diferenciador.

No porque todo dibujo sea automáticamente original. La ilustración también tiene modas, fórmulas repetidas y estilos que terminan reproduciéndose hasta resultar previsvisibles. Pero conserva una posibilidad especialmente valiosa: hacer visible la presencia de una decisión humana.

Una línea imperfecta, una simplificación radical, una combinación extraña de elementos o una solución gráfica inesperada pueden producir más identidad que una imagen perfectamente acabada.

Quizá el verdadero lujo visual de los próximos años no sea producir imágenes cada vez más perfectas, sino encontrar imágenes que parezcan haber sido pensadas por alguien. Cuando generar se vuelve inmediato, decidir cómo mirar puede convertirse en aquello que realmente distingue una publicación.

La inteligencia artificial introduce además una situación interesante para la propia ilustración. Puede imitar lenguajes, producir variaciones y acelerar determinadas fases del trabajo, pero también obliga a preguntarnos qué esperamos exactamente de un ilustrador.

Si solamente buscamos una imagen agradable que ocupe un espacio, probablemente existan cada vez más maneras de obtenerla.

Si buscamos una interpretación, una voz y una decisión editorial, la conversación es bastante diferente.

Dibujar para alguien que está leyendo

La ilustración editorial tiene una característica que a veces olvidamos: no suele existir aislada.

Convive con un titular, una tipografía, una página, una pantalla y, sobre todo, con un texto. Su función no es necesariamente convertirse en una obra autónoma, aunque algunas puedan serlo después. Nace dentro de una relación.

Eso obliga a trabajar con límites.

Hay un espacio determinado, una fecha de entrega, un asunto que no ha elegido necesariamente el ilustrador y un lector que probablemente encontrará la imagen antes de empezar a leer.

Lejos de impedir la creatividad, esas restricciones pueden estimularla.

El ilustrador necesita encontrar una idea suficientemente clara para funcionar en pocos segundos y suficientemente abierta para no agotarse en esos mismos segundos. Debe atraer sin convertir la imagen en un reclamo vacío y acompañar al texto sin obedecerlo demasiado.

Tal vez ahí se encuentre una de las razones por las que la ilustración editorial conserva su capacidad de sorprender.

No compite exactamente con la fotografía. Tampoco necesita hacerlo. Cada lenguaje puede resolver problemas diferentes y, en muchas publicaciones, ambos conviven precisamente porque ofrecen maneras distintas de aproximarse a la realidad.

Lo que parece recuperar valor es la voluntad de elegir.

Decidir que determinado artículo necesita una fotografía documental. Que otro funciona mejor sin ninguna imagen. Y que, ante un asunto difícil de representar, merece la pena pedir a alguien que lo lea, piense sobre él y encuentre una forma visual que todavía no existe.

Quizá por eso hablar del regreso de la ilustración editorial sea ligeramente engañoso.

Nunca se marchó del todo.

Simplemente estamos volviendo a descubrir por qué la necesitábamos.